Hace unos 95 millones de años, en pleno período Cretácico, cuando África era un mosaico de ríos, planicies inundables y bosques tropicales, un depredador de proporciones colosales dominaba el paisaje. Tenía el hocico alargado, dientes cónicos que se entrelazaban como una trampa perfecta y una cresta ósea en forma de cuchilla que se alzaba sobre su cabeza como una espada. No era un dinosaurio cualquiera del linaje de los espinosáuridos: era una nueva especie que hoy los científicos comparan con una “garza infernal”.

El hallazgo se produjo en las profundidades del desierto del Sáhara, en Níger, donde un equipo internacional descubrió fósiles pertenecientes a un gigantesco ejemplar del grupo Spinosaurus.

El estudio fue publicado esta semana en la revista prestigiosa científica Science y replicado por numerosas publicaciones alrededor de todo el mundo.

Gigantesco

Los investigadores estiman que el animal medía unos 12 metros de largo, una dimensión comparable a la del célebre Tyrannosaurus rex. Sobre el cráneo llevaba una cresta en forma de espada de aproximadamente 50 centímetros, una estructura que lo distingue de otros espinosáuridos conocidos.

“Creo que es una garza infernal”, afirmó el paleontólogo Paul Sereno, de la University of Chicago y autor principal del trabajo. “Si se observa la longitud del cráneo, del cuello y de las patas traseras, estamos en el campo de las garzas”, explicó el experto, aludiendo a la similitud anatómica con estas aves zancudas, aunque a una escala descomunal y con la ferocidad de un gran depredador del periodo Cretácico.

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Cabe remarcar que durante décadas, la mayoría de los fósiles de espinosáuridos se habían encontrado cerca de antiguas zonas costeras del norte de África por lo que esa distribución llevó a muchos especialistas a sostener que estos dinosaurios, con hocicos adaptados a capturar peces, eran animales principalmente acuáticos, capaces de nadar largas distancias en mar abierto.

El nuevo descubrimiento, sin embargo, obliga a matizar esa hipótesis, ya que esta vez, los restos aparecieron cientos de kilómetros tierra adentro, lejos de lo que habría sido el océano más cercano hace millones de años. Para Sereno, esto sugiere un comportamiento diferente.

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“Creo que era un animal que podía entrar fácilmente en aguas poco profundas. Pero no creo que fuera un buceador ni un buen nadador”, señaló.

De esta forma, más que un cazador marino de aguas profundas, habría sido un depredador de riberas, acechando en ríos y lagunas interiores.

Un hallazgo “extraordinario”

La historia del descubrimiento comenzó en 2019, cuando el geólogo francés Hugues Faure encontró en el Sáhara un diente perteneciente al gigantesco depredador Carcharodontosaurus. No obstante, durante un tiempo las arenas no revelaron nuevos indicios ni dieron pistas más relevantes.

La situación cambió cuando un tuareg, vestido con una gabardina negra, se acercó al equipo de Sereno en motocicleta y aseguró saber dónde había “huesos grandes”. Tras un viaje de día y medio a través del desierto, los científicos llegaron a un paraje remoto donde enormes restos sobresalían del suelo.

Allí encontraron un fémur de casi dos metros de longitud, además de fragmentos de mandíbula, dientes y la base de la cresta craneal. En 2022, Sereno regresó con un equipo ampliado de 100 personas y 64 guardias nigerinos para excavar lo que describió como un “sitio que cambia la historia”.

La campaña permitió recuperar un cráneo parcial, fragmentos de las patas traseras y varias piezas de la singular cresta. “No se parecía a nada que hubiéramos visto antes”, aseguró el paleontólogo.

Por otro lado, la forma y proporciones de esa estructura ósea fueron claves para identificar que se trataba de una especie hasta ahora desconocida.

Al comprender la magnitud del hallazgo, algunos miembros del equipo no pudieron contener la emoción. “Se dieron cuenta de que era una nueva especie y que sería un descubrimiento histórico”, relató Sereno.

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Más allá del impacto mediático, el hallazgo aporta datos fundamentales sobre la diversidad y la ecología de los grandes depredadores africanos del Cretácico. Mientras que por otro lado, el descubrimiento también reabre el debate sobre cómo vivían los espinosáuridos: si eran nadadores especializados o cazadores versátiles que combinaban tierra y agua.

En cualquier caso, en un paisaje hoy dominado por dunas interminables, hace 95 millones de años avanzaba esta “garza infernal”, un gigante de cresta afilada que transformó para siempre la comprensión científica de su linaje.